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quarta-feira, maio 12, 2010

Lo Femenino, vida, religiosidad






Lo femenino hoy en día difiere del concepto que antiguamente de él se poseía, o se le daba, pues dependiendo de la época, este vocablo asumió diversas connotaciones.

Si una joven mujer o una niña fuese inquirida sobre lo que para ella significaba esta palabra en plena década de los 40 ó 50, ella imediatamente se volcaría  a la condición de subyugo o servidumbre ante lo masculino y a su capacidad como mujer en mantenerse dentro de los patrones que debería seguir para ser considerada como un ser “femenino”, y para poseer dicha catalogación ella  tendría que corresponder a ese patrón que no fue determinado por otras imágenes femeninas, pero sí por la figura patriarcal, o sea, cumplir con su deber de hembra procreadora, administradora del hogar y la familia, con abnegación cuanto al matrimonio y la creación de su prole, y generalmente  la omisión sobre sus deseos y voluntades.

Hoy al referirnos a lo “femenino” accionamos un sinnúmero de significados y significantes, así como valores que en tiempos idos podrían incurrir en la desclasificación de la mujer como ser “femenino”.

Las reglas son otras y dentro de lo femenino incluimos también nuestra capacidad de procrear, pero sin tenerla como el eje de nuestras vidas, encaramos la feminidad  con suavidad y respeto sin tener la obligación de masculinizar nuestras opciones para que seamos aceptadas y adsorbidas por el mundo, pues nuestro universo es más diversificado, por que nuestro “femenino” es hoy más elástico; la maternidad, el hogar, el sexo, son complementos no finalidades y dentro de esas opciones, nuestra capacidad para tomar decisiones es más imperativa que nunca.

Dentro de esta nueva cosmovisión sobre nuestro femenino, el hombre aprende a descubrirse también como ser que posee ese aspecto, dejando hacia atrás una postura severa, huraña y castradora de hombre “machista/macho” que inhibe emociones y se dedica apenas a temas “serios”. Entre los que la religiosidad permanecía excluida, si no fuese un hábito familiar el hecho de ir a la iglesia, pero sin mantener un mayor lazo con ello.

La religiosidad que descubre al “femenino” como eje permite esa abertura rumbo a otros medios de entendimiento para prácticas personales religiosas, que se mantienen vivas en lo cotidiano, permitiendo  que el contacto con las deidades sea algo más cercano, más sentido, sin tener que esperar por el día y la hora marcada.
Y abre así, puertas para que se discutan temas que podían antes surgir en la mente, pero que jamás serían exteriorizados, como cuestionar los conceptos petrificados sobre el pecado, la culpa, la condena eterna, que las religiones centralizadas en lo masculino difundieron a lo largo de los siglos y tierras, así como la sexualidad y una nueva postura cuanto a ella, donde se la hace algo placentero, no solamente para la figura masculina, ni como único objetivo para la gestación de la prole.

Permitir una postura reflexiva religiosa no implica en “crear” nuevos conceptos al gusto del practicante, pero sí poseer la libertad de reconocer o no las teorías ya existentes y poder analizarlas sin presiones externas castradoras, mutiladoras del libre pensamiento y acción.

Debe ser diferenciado este camino espiritual, de la generalización que durante años viene ocurriendo en la que se presentan las creencias matrifocales como siendo apenas la creencia wiccana, lo que es una noción errónea pues ni todo individuo comprometido con la creencia matrifocal es por obligación miembro de la religión Wicca.

Así siendo, debe ser elucidado este punto claramente. En que las deidades femeninas y sus rituales no están comprometidos exclusivamente con la Wicca, pero si representando papel central en otros núcleos como el Chamanismo Femenino, en grupos dedicados al rescate de lo Sagrado Femenino Pagano, en fin, entender que otras esferas focalizan lo divino femenino.

Descubrir la religiosidad matrifocal, la existencia de un culto milenario  a las Diosas, no excluye la creencia en deidades masculinas en absoluto. Pero abre lugar y espacio para la mujer dentro de las actividades sacerdotales y ritualísticas que por mucho tiempo le fueron negadas.

Entre tanto, se acepta la lectura exclusiva del culto a las Diosas, sin su contraparte masculina, sin compañero y debe ser respetado de esta forma, pues la diversidad dentro del culto a la Diosa, lo permite, sin banderas de oposición y opositores que se destruyan en arenas. Pero es importantísimo entender y respetar esa actitud que muchas mujeres optan por tomar, en la que lo masculino es dejado de lado, como consecuencia de una serie de acontecimientos y elecciones personales o colectivas.

Sin embargo, en ese quehacer y ser de la religiosidad centralizada en creencias matrifocales (aunque hoy exista una conciencia mucho más equilibrada sobre temas de género), surgen individuos que para tal actitud lanzan críticas constantes, empleando un discurso fóbico y que con ello rebajan a si mismos por resaltar el prejuicio, sexismo e ignorancia, y a la mujer sea esta seguidora o no de tal creencia.

Ese ataque descontrolado y sin fundamentos atemoriza a muchos. Muchos, pues ni todo seguidor del culto a las Diosas pertenece exclusivamente al sexo femenino, impidiendo que las personas se identifiquen abiertamente con dicha práctica y a veces manteniéndose calladas y omisas, delante de burlas nada simpáticas, donde el objeto de la crítica es lo divino femenino y la categoría que él asume dentro de la fe y la religiosidad de muchos paganos.

Así siendo creo yo que hoy lo femenino se muestra más liviano y asequible, incluyendo posturas que antes resultarían contradictorias para nuestra condición femenina.

Ser mujer y pagana se manifiesta hoy como una opción sin connotaciones de feminismo extremista, ni como club de las mujeres, pero si se identifica con lo femenino divino, como opción en la que caben hombres y mujeres de todas las edades sin preocupaciones excluyentes ni devaneos utópicos.

¿Lo femenino dentro del Paganismo permite que todos puedan manifestarse, opinar, dialogar y discutir sin miedo a frases represoras?
Depende de cada uno de los que en esta creencia están inmiscuidos, del respeto que consiguen tener por los demás y para consigo mismo.

Y depende de forma preponderante de la capacidad que hay en dejar de lado nociones antiguas, fosilizadas, que dentro de nosotros intentan supervivir y perpetuar la exclusión, el perjuicio, la falsa moral y la falta de respeto sobre las creencias ajenas y diferentes a las nuestras.



Luciana Onofre

São Luis-MA
Brasil

2 comentários:

  1. tu discurso me parece lleno de sentido común. Soy investigadora y seguidora de la espiritualidad de la Diosa y aún así, feminista e intelectual convencida y creo que se pueden llevar en equilibrio ambas facetas. Estoy de acuerdo en lo de la Wicca pues, a pesar de que alguna vez he seguido sus rituales o coinciden con los que yo y mi grupo de mujeres compartimos, no me siento wiccana en absoluto. Es más, incluso me molesta que porque tengas creencias en lo divino femenino ya se te quiera encasillar en alguna secta o grupo determinado.
    Yo sigo a la Diosa desde la libertad y la creatividad porque eso precisamente es lo que el pensamiento sobre la Diosa me ha ayudado a desarrollar en mi persoanalidad, desde una postura abierta y positiva que ninguna religión dogmática puede alcanzar.

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  2. Hola!
    Gracias por las palabras y por tu visita.
    Veo por ellas mucha semejanza entre nuestras formas de pensar/acción.

    Saludos y vísitame siempre ;)

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Luciana Onofre

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